Martes 19 de febrero de 2008

El mundo de los números se está moviendo de manera agitada y contradictoria en ocasiones. La natalidad empresarial de la región crece un 2,12 por ciento, a la vez que en el mismo periodo en los que se recogen estos datos, 666 firmas se disuelven por falta de rentabilidad llevando a la calle a multitud de trabajadores. La economía del país, y por extensión de la región, es la que mejor se ha registrado en muchos años, aunque crece la tasa de desempleo y aumenta la inflación hasta valores del 4,5 por ciento. El diablo de los números está haciendo sus cábalas para resarcimiento de algunos y calamidad de otros. La cercanía de las elecciones del 9 de marzo está sirviendo para ver esta situación más que como un repunte a la baja aislado –no quiere decir que lo sea- como una crisis sin precedentes en la economía del país. El batacazo de la bolsa el pasado mes de enero, el incremento de la inflación, la merma de poder adquisitivo del trabajador medio, todo son indicativos de un giro en la economía y puede que de una necesidad de abordar la situación desde otro punto de vista. Algunos analistas apelan al pasado para encontrar respuesta a este comportamiento. Los famosos Treinta años Gloriosos que vivió Francia hasta que la crisis del petróleo de 1973 acabara con la bonanza económica se presenta para algunos como un buen punto de partida. En nuestro caso, estaríamos ante la conclusión de nuestros Veinte años Gloriosos, una época comprendida entre 1986 y 2006 que empieza a ver sus efectos estos días.

En un mundo como el nuestro todo tiene que ver para que las cifras varíen, no es que se pueda apelar al conocido como Efecto Mariposa, pero casi. En España no ha sido tanto la subida del petróleo como la desaceleración del sector de la construcción lo que ha hecho que las cifras convulsionen en algunos sectores. Construcción lleva tras de sí mano de obra, sectores asociados que se benefician de la cantidad de viviendas que se construyan, empleos indirectos y por supuesto, crecimiento económico. Todo eso ha cambiado. Los altos precios de las viviendas en lo que algunos todavía quieren ver negocio, han acabado con la bonanza vivida en el sector. ¿Cuándo una vivienda es cara o es barata? Para determinar el valor real de una vivienda existe un indicador que se conoce como Fair Value, o Valor Razonable. Este valor se define, según las Normas Internacionales de Información Financiera (N.I.I.F.) como “El mejor precio que razonablemente se pueda obtener por parte del vendedor y el precio más ventajoso que sea razonablemente posible para el comprador […] En la mayoría de los casos, el Valor Razonable será el Valor de Mercado”. Ante esta definición muy pocos dudarían al señalar la parte que en estos momentos ha desequilibrado la balanza. Lo que razonablemente podía obtener el vendedor como ventajoso ha perdido, precisamente, el concepto de lo razonable, haciendo que la adquisición de una vivienda sea totalmente irracional por parte del comprador. Casi por naturaleza el propietario o vendedor tiende a situarse en el rango más alto, o por encima de los precios mientras que un comprador, inversor o prestamista tenderán a la prudencia. No estaría de más volver a una negociación razonable para recuperar el Fair Value.

Publicado en el diario Negocio

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