Martes 29 de abril de 2008

Los más de diez años que hemos vivido de bonanza económica en nuestro país, y buena parte de la Unión Europea, no eran más que el principio. Un ciclo económico en el que ya hemos tocado techo y ahora toca agarrarse con fuerza para superar lo que está por venir. La teoría del Apocalipsis económico gana cada vez más adeptos y no es para menos: se han confirmado los peores temores de muchos de los analistas financieros y economistas más prestigiosos del mundo. A modo de ejemplo sirva que los bancos, organismos encargados de guardar el dinero, no disponen de liquidez; que en vez de ser las entidades bancarias las que presten el dinero tengan que ser los contribuyentes los que estén desembolsando sus ahorros; que las viviendas hayan perdido la cuarta parte de su valor en dos años; que miles de familias no puedan hacer frente a sus hipotecas obligando a los gobiernos a intervenir pagando, por ejemplo, la ampliación de sus préstamos; o que el precio de los alimentos se haya disparado y el petróleo se haya triplicado en cuatro años. ¿Qué nos evoca esta situación, además de mucho pesimismo? Una montaña rusa. Hemos llegado al final del tramo en el que la economía de un país deja de subir para encarar un brusco descenso –aunque algunos aseguran que ya estamos bajando en picado- esa primera parte que a todos se nos ponen los pelos de punta viendo cómo nos acercamos al final de la vía. Como toda montaña rusa ésta tampoco es apta para corazones delicados, aún falta por venir lo peor. Para empezar una previsión de crecimiento económico mucho más baja de la que hemos venido experimentando en los últimos años –según el Gobierno el pasado viernes se hacía público para España un crecimiento del 2,3 por ciento en 2008, aunque el Fondo Monetario Internacional nos augura un 1,9-, tiene que llegar una destrucción de empleos que es sin duda mucho peor que el aumento del paro, originada por el saneamiento que se producirá en el sector inmobiliario al haber dependido durante tanto tiempo del sector de la construcción –un 13 por ciento del Producto Interior Bruto-, y la inflación que seguirá al menos los próximos meses en unos valores superiores al 4 por ciento. Y todo esto durante los próximos dos años. Desde luego, aquí ya no se trata de ser más valientes para afrontar la bajada, más valiera cogerse al asiento porque todos vamos a experimentar un descenso a gran velocidad. Pero en una montaña rusa hay más subidas y bajadas, se intentará recolocar buena parte del empleo en otros sectores como el industrial –subimos-, pero la experiencia nos dirá que la recualificación de los trabajadores no llegará al 100 por cien –bajamos-, puede que el sector turístico y el de servicios mantengan unos niveles por encima del 10 por ciento del PIB –subimos con pirueta- pero que el excesivo endeudamiento de las familias y el encarecimiento de los productos básicos impida darse demasiados lujos –volvemos a bajar-. Lo bueno de la economía, como en una atracción de éstas, es que son cíclicas, y en un circuito cerrado volvemos al punto de salida, es decir, ese tramo horizontal en el que aguarda el sosiego. Muchos se bajarán del carro, pero otros volverán a subir con la ilusión de experimentar una nueva etapa de crecimiento económico. Pero será en ese momento en el que la historia nos tenga que hacer tomar las medidas oportunas para no tener que pasar tanto miedo ante una nueva etapa de desaceleración, que seguro, volverá.

Publicado en el diario Negocio

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