Martes 13 de mayo de 2008

Tanto tiempo pensando que serían la salvación a los problemas energéticos de medio mundo y resulta que están acabando con el otro medio. La teoría de los biocarburantes está cayendo en picado dado el número de detractores que le están saliendo por todo el globo, incluso desde algunos de los organismos más respetados y que era impensable que se pronunciasen en su contra. El Fondo Monetario Internacional –FMI- y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico –OCDE- ya han lanzado sus críticas contra esta alternativa a la escasez de petróleo.

Los altos precios de los carburantes y las ayudas aportadas a su producción impulsada por algunos países han hecho crecer los biocarburantes en los últimos años a unos niveles que ahora suponen una alarma. En origen, los biocombustibles eran lo más avanzado en el respeto con el medio ambiente. Una alternativa al petróleo, cada vez más caro y una apuesta de futuro para garantizar el abastecimiento energético internacional. Ahora, la producción de los biocarburantes ha elevado los precios de las materias primas hasta límites insospechados, según los últimos estudios el maíz ha incrementado su valor en un 60% en el último año, el trigo un 53% y la soja un 40%. Unos valores que no hacen sólo más difícil la producción de los combustibles verdes, sino mucho más difícil el acceso a estos productos para consumo humano en lo que algunas organizaciones humanitarias han cifrado ya en casi 40 países los que se enfrentan a graves problemas de hambrunas. Está por determinar el grado de responsabilidad de los biocombustibles en este asunto, lo que no se discute es que algo ha tenido que ver. De seguir a este ritmo la Organización de Naciones Unidas –ONU- ha estimado ya que los precios de los alimentos se incrementarán en un 50% en los próximos 10 años. Si tenemos en cuenta que la normativa actual exige que el 10% de los carburantes que se utilicen en 2020 procedan de los biocombustibles, el Apocalipsis está cerca.

Pero no todo son alarmas, la Comisaria de Agricultura, Mariann Fischer Böel, se desmarcó la semana pasada en Bruselas asegurando que el efecto en los precios de los alimentos era limitado y que, usados correctamente, constituyen un arma para luchar contra la falta de oferta energética y el cambio climático. Algo que tampoco se comparte desde algunos sectores que aluden a que para conseguir el biocombustible es necesario el uso de fertilizantes, maquinaria y una destilación que provoca más emisiones de CO2 de la que se ahorra en su uso.

El poder llegar a los niveles deseados de utilización de los biocarburantes exigirá siempre grandes extensiones de plantaciones ya que los biocombustibles actuales se producen básicamente a partir de maíz o caña de azúcar (etanol) y de semillas, aceite de palma o cereales como el trigo (biodiésel), y es que Europa destina poco más del 4,5% de todos los cereales a la producción energética, pero en EE UU casi un tercio del maíz cultivado alimenta hoy a los coches. En su versión más dramática, pensar que se están convirtiendo los alimentos en gasolina no inspira buenas palabras, pero habrá que esperar aún a conocer el verdadero desarrollo tecnológico de su producción y quizás, en una segunda generación de carburantes ecológicos que cueste menos energía, menos costes y sobre todo, menos materia prima.

Publicado en el diario Negocio

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