Martes 03 de junio de 2008

Apenas se hablaba de ello. Era un tema tabú entre las conversaciones de los empresarios y economistas. Esa palabra que se oía sólo en la intimidad de los despachos pero que nunca era pronunciada en público. El abismo al que nos tendríamos que enfrentar de seguir con esta situación de desaceleración económica. Pues bien, ya hemos llegado a ese límite, a ese borde en el que lo que viene a continuación no es más que vacío y una palabra que, ya sí, se oye con asiduidad en los foros económicos, la recesión.

Hace un par de días se me ocurrió preguntar a un hostelero cómo iba todo. Su respuesta, aunque sencilla, despejó muchas dudas, aunque obvia, resultó reveladora: “Regular, lo primero que hace la gente es quitarse de las cosas que menos necesita”.

Por ahí se empieza. El petróleo se coloca en máximos históricos -130 dólares por barril-, los precios de los alimentos se disparan, los de las materias primas son prohibitivos, la inflación se coloca en límites que no había tocado en una década –un 4,7 por ciento según el último índice adelantado-, los pescadores no salen a faenar porque les resulta más barato regalar la mercancía, los transportistas se movilizan porque no pueden alimentar sus vehículos. Ese hostelero, tremendamente consciente de la realidad, ve cómo lo que constituía su peor pesadilla se transforma en un acontecimiento palpable. La gente ya no sale al bar a tomarse una caña, el café deja de existir a media mañana, cada vez son menos los que compran el periódico, las vacaciones se reducen en días y en destinos, el que pensaba comprar la ropa de temporada decide esperar a las rebajas, no hace falta mencionar las ventas de pisos, el cine se deja para la semana que viene, las cenas con los amigos se sustituyen por una humilde reunión en el parque…

Hostelería, turismo, comercio, alimentación, bienes del hogar, todo, se ha visto ya salpicado por una situación en la que no consuela decir “está controlado” o “es cuestión de tiempo”. Efectivamente, puede ser cuestión de tiempo pero, ¿cuánto? Hace tiempo ya que la desaceleración económica es un hecho, se crece menos de lo que se crecía, pero la recesión tardaba en materializarse en las cuentas, es decir, no se crece, se pierde. Ya hemos llegado a ese límite. El Vicepresidente primero del Gobierno central anunció hace poco que el superávit se había agotado, que la medida que resultó ser la baza de la legislatura –deducción de los 400 euros en el IRPF-, era una apuesta electoral que ha agotado los márgenes de maniobra del superávit público. El Gobierno se escuda en la previsión realizada por el Fondo Monetario Internacional –FMI- de un crecimiento superior al 3 por ciento a partir de 2010, para abanderar una rápida recuperación de la situación en dos años. Pero esas previsiones se desvanecen con cada día que pasa. Y cuando eso ocurre nos exponemos a un retroceso del Producto Interior Bruto –PIB- español. La construcción ha hecho daño (la construcción salvaje), existe un stock de 850.000 viviendas en España que será difícil de absorber, y las medidas a corto plazo son sólo eso, parches. La apuesta sigue siendo adoptar medidas a medio y largo plazo y sostenerlas: la industria, la biotecnología, la aeronáutica o las energías renovables de las que tanto potencial goza este país, pueden ser grandes remedios a los grandes males que nos acechan. Entre todas podrían alcanzar un peso equivalente al 6 por ciento del PIB con el que conseguiríamos alejarnos de ese abismo en cuyo límite ya nos encontramos.

Publicado en el diario Negocio

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