Martes 10 de junio de 2008

Interminables hileras de camiones en las carreteras, tantos que apenas se aprecian centímetros de asfalto desde el aire. Comercios con las estanterías vacías a modo de los grandes supermercados rusos en pleno comunismo, o los mercados Bosnios, antes de una guerra. Fronteras bloqueadas por los transportistas impidiendo el paso de materias primas, alimentos y todo tipo de recursos indispensables no ya para el desarrollo de un país, sino para su supervivencia. Un gobierno reunido devanándose los sesos para tratar de impedir este desolador panorama porque saben, como ya ha pasado en otras ocasiones, que una huelga de transportistas no trae nada bueno. Y lo peor, una sensación de vértigo que no han provocado ni unos ni otros de los de aquí, sino las ansias de poder y las ambiciones de los de allí. El petróleo, oro negro, tan escaso como imprescindible mientras los biocarburantes no se desarrollen como para convertirlos en sustitutos; demasiado cara su producción aún, al igual que el hidrógeno; los vehículos eléctricos no tienen la autonomía necesaria tampoco. Dependemos demasiado del petróleo.

Las grandes cadenas españolas –Carrefour y Eroski- están empezando a hacer acopio de productos para evitar el desabastecimiento y poder garantizar el suministro a sus clientes. Se avecinan problemas, piensan sus responsables. Los pequeños comercios no lo han visto necesario aún, la reducción de las ventas de los últimos meses por el alza de la inflación les ha dejado los almacenes a un buen nivel de reservas.

Muchas veces no se tiene en cuenta, pero esos camiones que adelantamos por las carreteras, tan lentos, tan grandes, tan incómodos para la circulación, son los que nos proveen de los artículos que consumimos todos los días, ropa, comida, medicinas, tecnología, tabaco, alcohol, gasolina. Todo lo que nos da autonomía, independencia, libertad, posibilidad de trabajar, viajar y vivir, todo va en esos camiones, aviones, barcos y trenes. El petróleo. El precio del crudo sigue subiendo. Se retoman las negociaciones pero la huelga está convocada. Las consecuencias se precipitan imparables para una sociedad que ve cómo lo que aún hoy tiene al alcance de la mano se aleja. No todos secundan la huelga, pero los que sí, y son muchos, impedirán el paso a los otros. Los ministerios de Interior y Fomento coordinan sus actuaciones de cara a estos piquetes, con especial hincapié en las fronteras, ¿será suficiente?

El argumento está escrito, sólo falta conocer el desenlace, y ahí es donde nos tenemos que preguntar qué es lo que queremos. Si se para el transporte nos quedamos sin productos, sin comercio, pero puede ser una buena oportunidad para volver a establecer la normalidad, reestablecer lo que ya teníamos, pero el petróleo sigue subiendo, y no depende de nosotros. Todo sigue igual. Si no se va a la huelga tendremos las estanterías de los mercados llenas, como ahora, pero con los precios más altos, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuánto? Y, esa es otra, los sueldos sí que están estancados. Esto es siempre lo más difícil, escribir el final de una historia. Un tendero abre su pequeño comercio porque tiene que trabajar, pero no tiene nada que vender, el cliente no para, no ve nada que comprar y tampoco tiene con qué comprarlo, se reserva para cuando venga lo peor. ¿Un final? No hay final, empecemos de nuevo.

Publicado en el diario Negocio

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