Martes 24 de junio de 2008

España ha vivido en la última etapa del siglo pasado un gran desarrollo de las infraestructuras. El modelo político de descentralización ha permitido detectar las necesidades más acuciantes de cada territorio y abordarlas con la eficacia que se espera para mejorar las comunicaciones y los servicios de los ciudadanos. Nada menos que 25 años de descentralización administrativa y 20 de política regional comunitaria han hecho que este país disponga de un entramado de infraestructuras físicas de todo tipo más que aceptables, impulsadas por la inversión pública.

Esto nos ha dado unos resultados de desarrollo que entonces se podría llamar de evolución. Las regiones más despobladas o más dispersas tuvieron acceso a los servicios con los que contaban otros territorios. Una variable que sin duda ha tenido especial incidencia en los ciudadanos pero también en las empresas. Los negocios que hasta entonces germinaban en zonas poco fructíferas han podido expandirse y adquirir un tamaño más que aceptable para introducirse en los mercados más competitivos. ¿Por qué? Porque las distancias se redujeron considerablemente tanto a la hora de transportar las mercancías como a la de buscar clientes como a la de cerrar una venta.

La Alta Velocidad Española abrió el camino para una nueva etapa de desarrollo de las infraestructuras. Su inicio a principios de los noventa con el AVE Madrid-Sevilla, aunque con grandes resultados de explotación a largo plazo, puso de manifiesto una de las barreras más altas con las que se ha topado el sector, la imposibilidad de llegar a todas las ciudades españolas. Nadie duda ahora de la eficacia de un medio de transporte rápido, seguro y cómodo, pero es sabido que nunca estará al alcance de todos los habitantes del país de manera cotidiana.

En marzo de este año el Colegio de Economistas de Madrid publicaba en su España 2007, Un Balance una reflexión del profesor de Economía de la universidad Complutense de Madrid, José A. Herce. En ella, se afrontaba la siguiente fase de las infraestructuras con un enunciado revelador, “más banda ancha y menos vía estrecha”. La vía estrecha es con lo que coloquialmente se conoce la vía del ferrocarril mientras que la banda ancha es lo que alude a la velocidad con la que se puede transmitir todo tipo de información a través de la red. Con esto, Herce sugería la necesidad de ir más allá del tradicional concepto de las infraestructuras, entendidas como físicas, para adoptar la noción de infraestructuras inmateriales de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC). Esta necesidad se vuelve más acuciante cuando sabemos que aún existen amplios territorios escasamente poblados –y nuestra región es un ejemplo-, que impiden que las infraestructuras convencionales abarquen toda su extensión, por coste y por orografía, pero es perfectamente compatible con las infraestructuras inmateriales o lógicas cuyos servicios son cada vez más baratos y requieren muchas menos inversiones. Los municipios, ciudadanos, administraciones y empresas pueden conectarse a la red para realizar ya casi cualquier tipo de operaciones comerciales o gestiones administrativas. De esta forma, los territorios tradicionalmente desfavorecidos por las grandes infraestructuras físicas pueden beneficiarse ahora de las intangibles, de las grandes redes de comunicación, fáciles de desplegar y a bajo coste.

Publicado en el diario Negocio

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