Martes 15 de julio de 2008

En los últimos años las empresas de todo el mundo se han preocupado cada vez más de mantener un ambiente agradable entre sus empleados, tenerlos contentos y favorecer su desarrollo personal. ¿Altruismo? De eso nada. Está más que demostrado que un trato favorable dentro de una compañía repercute en los resultados de la organización. El papel que juegan los jefes en este aspecto es indispensable, hasta el punto de que se puede medir la calidad y volumen de resultados según el tipo de liderazgo que desempeñe un directivo. Si partimos de la premisa de que las empresas no son nada sin sus empleados, se hace extensible a que los empleados no son nada sin un líder. Un dato: un mal jefe puede elevar hasta un 70 por ciento la rotación de su personal. Mis disculpas a los que se den por aludidos, pero es así.

P&A Consultoría y Formación ha realizado un estudio entre 350 directivos de 70 empresas españolas con unos resultados reveladores. El rendimiento y la rentabilidad que consiguen las empresas con un líder mediocre puede ascender al 40 por ciento, si los jefes son buenos dirigentes, la cifra se puede elevar hasta el 55 por ciento. A priori estos datos pueden resultar confusos, es cierto, se trata de una media elaborada a partir de muchas empresas y de muy distinta dedicación, pero ¿quién no ha tenido un jefe que ha truncado sus expectativas de futuro, o en cambio lo ha tenido que ha motivado su ingenio y ha permitido un desarrollo profesional enriquecedor? El liderazgo es un valor intangible que no resulta fácil encontrar para las empresas. Muchas compañías han colocado ya la localización del talento entre sus prioridades a la hora de buscar personal cualificado. Las características que más se valoran son la integridad, la honestidad, la toma de iniciativas, la promoción de los resultados y una tarea harta difícil de conseguir, la capacidad de comprometer a la plantilla con un proyecto de empresa, es decir, hacerles partícipes de los esfuerzos del conjunto de la dirección y motivarlos con los resultados de una operación, a fin de cuentas, hacerles copartícipes del éxito empresarial. Se dice que el salario está perdiendo cada vez más peso a la hora de valorar un puesto de trabajo, bueno, la afirmación es más que cuestionable pero sí es verdad que la reputación de una empresa, la forma de trabajar y actuar de sus directivos y las posibilidades de promoción están ganando posiciones en la escala de prioridades de un empleado. Es verdad que las primas por la consecución de unos objetivos son muy suculentas para un trabajador, pero la típica palmadita en la espalda como reconocimiento profesional de un líder es muchas veces una ‘paga extra’ de incalculable valor. Los empresarios cada vez lo tienen más claro, hemos oído en innumerables discursos la ya corriente frase de agradecimiento tipo “esto no lo  hubiésemos podido conseguir sin el esfuerzo de todos y cada uno de los que forman este proyecto…” Estos son valores que hay que cuidar mucho porque no olvidemos que, como hemos acordado más arriba, una empresa no es nada sin sus empleados.

Publicado en el diario Negocio

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