Martes 29 de julio de 2008

Menuda mitad de año. Hacía tiempo que no se pronunciaba tanto la misma palabra sin querer decir lo mismo en cada ocasión. Crisis ha pasado de estar detrás de la página número 600 del diccionario para colocarse en la primera que se pronuncia desde instituciones, partidos políticos, periodistas, trabajadores, empresarios y tertulianos. Y eso que hasta hace bien poco crisis era un cambio de ciclo que evolucionó a una desaceleración económica, luego se convirtió en una recesión y ahora cada vez hay menos tapujos para decir crisis. Claro que ahora los efectos de un cambio de ciclo serían desproporcionados hasta para una situación de crecimiento cero.

Sólo unos pocos se aventuraron a decir a finales del año pasado que la situación se complicaba. Algunos gurús de las finanzas y visionarios empresariales empezaron a mirar al otro lado del atlántico con desconfianza, conocedores de que un abuso en la concesión de hipotecas de alto riesgo o hipotecas subprime, no podía traer nada bueno. Hasta ahí con al seguridad de que una incertidumbre económica no podría por sí misma cruzar kilómetros y kilómetros de Océano, hasta que se empezó a comentar con más pasión uno de los (d)efectos de la economía globalizada “cuidado porque esto puede salpicar a cualquiera”. Así fue. Una variante del crack del 29, se empezaba a extender a los mercados europeos en lo que algunos hemos llamado el final de los 20 años gloriosos. Un prolongado período de bonanza económica demasiado extenso que ha hecho bajar la guardia a más de uno. Con altibajos, aquí en España hemos disfrutado de buenos datos macroeconómicos, buenas cifras de empleo, altos índices de natalidad empresarial y el desarrollo de un sector que tiraba del carro como ningún otro, la construcción. Entonces, salvo casos preocupantes a principios de la década de los 90, nadie tenía en la cabeza conceptos como el de estanflación, pero no estamos en 1992, estamos en un año 2008 en que el estancamiento de la economía, con reducción en los niveles de crecimiento y una escalada de la inflación, ha devuelto a los comentarios de coyuntura económica esta palabra que, acuñada en los años 80, se ha hecho un hueco entre nosotros.

Pero no terminaba aquí la cuestión, el primer trimestre del año todavía parecía que la cosa no iba con nosotros, esto nos cogía muy de refilón cuando algunas grandes inmobiliarias empezaban a mover sus activos intentando no caer en el fatídico concurso de acreedores, otro término que se ha hecho habitual en las crónicas empresariales y financieras. Concurso de acreedores, como si se tratara de la puja por un objeto de incalculable valor cuando lo que nos asiste es el cierre de una corporación precisamente por su escaso valor en el mercado. Suspensión de pagos, otro que parece dejar los sueldos suspendidos en el aire cuando en realidad no se va a pagar a nadie de aquí en adelante. Y si nos da por hablar del arbitraje, cuando hasta hace unos días eso era comentar la actuación de determinado colegiado en un partido de fútbol, y ahora hablamos de la intervención de las instituciones públicas para evitar el desgraciado final de la empresa, es para echarse a dormir. Cuando estemos inmersos en los crecimientos negativos, aumentos del desempleo mientras se crean puestos de trabajo, saneamientos del sector con efectos dominó en afines, y absorciones por concursos de acreedores, saldrá quien afirme que la crisis significa oportunidad para los japoneses.

Publicado en el diario Negocio

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