Los grandes planes de rescate de los gobiernos para paliar los efectos de la crisis económica están dejando las arcas públicas bajo mínimos. Miles y miles de millones de euros destinados a relanzar sectores como el del automóvil, el de la construcción, para el fomento del empleo con pequeñas y grandes obras de infraestructura en los ayuntamientos y los anuncios que nos quedarán por escuchar aún de los dirigentes políticos. Es más, este mismo lunes el Gobierno central informó a la Federación Española de Municipios y Provincias de que se autorizaba a los ayuntamientos a cerrar el ejercicio 2008 y el próximo 2009 con un déficit del 0,2 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), es decir, el equivalente al 3 por ciento de los ingresos no financieros de consistorios y diputaciones. En cualquier caso se trata, como las demás, de una medida excepcional dadas las circunstancias económicas actuales. La pregunta que ronda ya la cabeza de algunos economistas es si todo este gasto y déficit presupuestario no impedirá el adecuado desarrollo futuro de las economías. El razonamiento es el siguiente: al emitir grandes cantidades de deuda, el Gobierno está empujando al alza los tipos de interés, lo que lleva a las empresas a ser más reacias a la hora de invertir y por tanto, se reduce la capacidad de crecimiento económico. Y es que hasta el momento, la solución que se está dando es de cara a la demanda, y no a la oferta. El profesor Juan Velarde ha sido uno de los que ha dado la voz de alarma ante este camino que están siguiendo los gobiernos para solucionar la crisis, y pone de ejemplo el desastroso resultado que llevó al caos de la economía francesa con el gobierno de Mitterrand. De momento no va del todo mal la cosa si lo que se gasta es para la mejora de las infraestructuras o la modernización de las regiones a través de las nuevas tecnologías porque en ese caso, sí que nos facilitará mucho las cosas en el futuro. Al fin al cabo, eso es inversión innovación y desarrollo. Pero si miramos el otro lado de la crisis, vemos una oferta que apenas ha evolucionado. Una de las propuestas que ya se oye es la reducción de las cargas impositivas para atraer la inversión exterior y ampliar los mercados. Eso, y quizás una menor estatalización de la economía podrían evitar caer en los mismos errores que ya conocemos, con la crisis petrolífera de 1973 y la crisis de los 90 que no fueron sino producto de una errónea interpretación de las teorías keynesianas. Así, podemos concluir que el enorme gasto que se está haciendo en estos momentos no tiene porqué ser del todo malo, siempre y cuando permitan el mantenimiento de los servicios básicos como la sanidad, la educación y garantice las prestaciones sociales o las pensiones, y vayan encaminadas a mejorar las infraestructuras y los recursos aunque, si se pudiera mirar un poco más al lado de la oferta y no tanto al de la demanda por el déficit público, la salida de la crisis estaría garantizada sin que las generaciones futuras vieran hipotecado su crecimiento económico.

Publicado en el diario Negocio

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