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Es curioso, el principal motivo por el que el presidente de la Generalitat de Cataluña estaba perdiendo toda su fuerza política, se ha convertido en el principal motivo para sacarle algo de jugo electoral. Las medidas adoptadas para cumplir con el objetivo de déficit, los duros recortes acometidos sobre todo en la sanidad y educación de Cataluña, han deteriorado tanto la imagen de Artur Mas que, cansado de la situación, ha decidido recurrir al viejo argumento de la territorialidad para buscarse un culpable ajeno y, por tanto, un enemigo cercano. Ese enemigo no es otro que el Estado, que no ha querido conceder el concierto económico a Cataluña.

Mas aduce al desequilibrio económico que existe entre lo que Cataluña aporta al Estado y lo que éste acaba invirtiendo en aquella para demandar más independencia –perdón, más autonomía, que la otra palabra aún no la ha pronunicado-, un desequilibrio que Mas traduce en tremendo esfuerzo de sus ciudadanos no recompensado.

Mas fue ayer con ese pacto fiscal debajo del brazo para presentárselo a Mariano Rajoy, con una cifra en la portada: 11.000 millones de euros que son los que el territorio catalán se podría embolsar de cumplir las condiciones del pacto. Eso sí, una cantidad que desatiende el principio de solidaridad territorial que recoge la Constitución, motivo por el que este pacto no obtuvo bendición alguna. Ya ocurrió en febrero de 2005 con el País Vasco. En aquella ocasión el lehendakari Juan José Ibarretxe se vio con la autorización suficiente para solicitar una mayor autonomía al Gobierno central, y se volvió con las manos vacías –aunque en el País Vasco ya gozan de concierto económico gracias a las excepciones a la recaudación en régimen general-. Aquella vez el que dio el portazo fue el expresidente Zapatero.

En los dos casos, tanto Ibarretxe como Mas, salieron de la Moncloa con la misma idea rondándoles la cabeza, un adelanto electoral. El dilema al que se enfrenta en esta ocasión Artur Mas es si aprovechar el tirón independentista, demostrado en la última celebración de la Diada, y alimentado por el rechazo del pacto fiscal, para adelantar las elecciones, e incluir en el programa ese deseo independentista como prioridad de su gobierno. Si no lo hace, todo este paripé no habrá servido para nada, y si lo hace y recibe el apoyo mayoritario de Cataluña, se verá en la obligación de negociar una independencia que podría no llegar nunca.

Lo cierto es que todas las miradas, incluida la del expresidente Felipe González recientemente, se fijan en el modelo federal de estado, cuya principal diferencia con el autonómico que hoy tenemos es una mayor autonomía de gobierno de los territorios, siempre federalismo asimétrico, ya que las particularidades y diferencias de cada uno de ellos son notables. Y parece que en esto, también, nos tendremos que fijar en el modelo alemán

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