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Reconozco que me dejé llevar. Desde el domingo 23 de marzo en que murió Adolfo Suárez a las 15:03h en la clínica Cemtro de Madrid, periodistas y medios de comunicación empezamos a ensalzar las virtudes del que fue, sin duda, el arquitecto de la democracia e impulsor de la Constitución de la que hoy gozamos los españoles.

la foto 4Pareció que el diálogo no había existido antes de Suárez, creímos que inventó la palabra concordia, y no dudamos de que había dado el mayor lustre a la palabra consenso. Es verdad que de todo eso tuvo algo que ver, pero muchos –por no decir casi todos- cometimos el error de creer que aquellas hazañas podrían volver a manifestarse entre la clase política actual, como nuevos vientos recorriendo los pasillos de las instituciones.

Y cierta brisa sí que hubo, al menos en los pasillos del Congreso de los Diputados, que desde primera hora de la mañana del lunes 24 de marzo, en que se instalaba la capilla ardiente en el Salón de los Pasos Perdidos, ya recogía el aroma de la política con mayúsculas. El respeto por el prójimo se hacía notar. La “confrontación” política, habitual en este escenario, había dejado paso a la mera “discrepancia”. La “lucha” entre partidos cedió ante la sana “discusión”.

Zapatero, Aznar y González esperando el féretro de Suárez frente a la Puerta de los Leones.

Zapatero, Aznar y González esperando el féretro de Suárez frente a la Puerta de los Leones.

Muchos escribimos en esos días que Adolfo Suárez había vuelto al Congreso para hacer su último servicio a España. Muchos titulamos aquel día que, el que fuera el primer presidente de la democracia española, volvió a unir a los españoles de toda índole. Pero eso sólo fue real los tres días que duró el luto oficial. Es decir, fue un espejismo al que nos entregamos, es verdad, arrastrados por el aire viciado que recorrió esos pasillos, las colas de gente agradecida queriendo dar ese último adiós al que muchos llamaron “mi presidente”, y esas calles en respetuoso silencio al paso del féretro sólo roto con el aplauso y los vítores del pueblo, ojo, mayor y joven.

Ya lo he dicho al principio: me dejé llevar. Estuve desde el domingo 23 en la clínica, el lunes en la capilla ardiente, y el martes recorriendo a escasos metros del féretro las calles de Madrid disfrutando, sí disfrutando, del sincero homenaje de muchos ciudadanos al que hizo posible vivir en el sistema en el que hoy vivimos. “Podéis estar orgullosos” gritaban muchos al paso del cortejo fúnebre a sus hijos y nietos. Reconozco que tuvo que ver en mis percepciones cierta experiencia personal reciente.

Capilla ardiente en el Salón de los Pasos Perdidos

Capilla ardiente en el Salón de los Pasos Perdidos

Medios de comunicación frente a la Clínica Cemtro

Medios de comunicación frente a la Clínica Cemtro

Fui uno de los pocos periodistas que accedió a la capilla ardiente para dar el pésame en persona a la familia de Adolfo Suárez, en un gesto que sigo considerando de grandeza de esa familia. Como lo fue que Suárez Illana, el hijo mayor, se dirigiera en varias ocasiones a la prensa para mostrar su gratitud por el respeto con el que estábamos haciendo nuestro trabajo. “Quiero pediros disculpas por haberos tenido aquí 48 horas, pero no han sido mejores que las que hemos pasado nosotros”, nos dijo a las puertas de la clínica.

De verdad, muchos creímos que esa brisa húmeda que nos caló hasta los huesos había empapado los ánimos con aquel “espíritu de la transición” compuesto de gotas de concordia, consenso y diálogo.

Corona de flores llegando al Congreso de los Diputados a la espera del féretro

Corona de flores llegando al Congreso de los Diputados a la espera del féretro

Efectivamente, fue un espejismo.

Han pasado los días, tenemos cierta perspectiva, y aquellos aires no es que se hayan disipado, han desaparecido por completo. Ha vuelto la confrontación y la lucha entre partidos, entre territorios y hasta entre personas.

Fue un espejismo que, insisto, y con todos mis respetos a la familia, disfruté mucho, como profesional y como individuo.

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